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Sevilla
Siempre había querido conocer Sevilla. Me parecía que tenía que ser un rincón lleno de luz y muy acogedor. No me equivocaba. Llegamos un 10 de agosto a las 12 de la mañana. Momento clave. Nunca he sentido tanto calor. A pesar de ello, el Guadalquivir daba una sensación de frescura muy agradable. Pasamos de un lado a otro del río por el puente de Triana, que separa ese barrio del resto de Sevilla.
Andando llegamos a la parte donde en 1929 se inaguró la Exposición Iberoamericana . Aún perduran los
edificios que los países construyeron para mostrar a los sevillanos y al resto de los españoles que la visitaran sus costumbres. La plaza de España es la parte dedicada a nuestro país y cuenta con una fuente en el centro y, rodeando la plaza, azulejos con diferentes dibujos en representación de cada ciudad española. Numerosos puestos de venta de abanicos y muñecas sevillanas para encima de la televisión dan color al paseo.
Cuando llegas a la Giralda no puedes creerte que vayas a subir hasta arriba a pie. Desde luego, después de unos 18 pisos y mucho cansancio, merece la pena. Puedes ver toda la ciudad desde un lugar privilegiado. Me quedé allí plantada, sólo mirando, sin decir nada, durante más de 20 minutos. Era impresionante.

La plaza de toros es preciosa. La típica plaza que cualquier turista extranjero quiere ver cuando llega a España. La Maestranza de Sevilla.
No paramos de andar hasta que ya no podíamos más. Los camareros, dependientes de tiendas, etc siempre nos atendían con una sonrisa.
Sevilla cuenta con aeropuerto, estación de ave, de autobuses e incluso puerto. No hay excusa para no pasar unos días de sol y alegría en este rincón andaluz.
es muy interesantee!! me encanta tu percepcion de sevilla,jaja
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